5/24/2010

¡Ya un año! / Como Agua de lluvia (Silvia Molina)

Hoy hace un año que inicié este blog.
Muchas gracias a todos los seguidores, y a quienes han hecho algún comentario o aportación. Igualmente espero hayan encontrado cosas de su agrado y que hayan sido de utilidad..
En verdad; ¡Gracias! Por que sin lector alguno, esto no tendría sentido. :D

Como Agua de Lluvia - Silvia Molina


I

Cuando regresaron del teatro, Alberto dijo que no tenía hambre y se fue a la recámara. Isabel creyó que a dormir y respiró hondo, tratando de relajarse y no sentir la tensión que le provocaba se casa los últimos meses. Mientras dejaba que la angustia se le fuera acomodando en elestómago y para no enfrentarla de golpe, fue a darle las gracias a la vecina por haber dormido a los niños. Alberto rechazaba la ayuda de una sirvienta a pesar de las súplicas de Isabel que, desde que habían dejado el apartamento de la colonia Del Valle y se habían mudado a la casa en condominio, no hacía otra cosa que decir cuánto la necesitaba, aunque la casa no era muy grande.
Estaban tan cerca del canal de Cuemanco que desde la ventana de la sala podía verse, a lo lejos, el espejo de agua; y, sobre todo, podían descubrirse las tierras sembradas de maíz a las faldas de la Sierra de Xochitepec. Vivían dentro de la ciudad, todavía, como en el campo.
Cuando entró con la llave que le había dejado a la vecina, estaba tan obsesionada con la misma pregunta que se hacía todos los días desde hacía meses —por qué su matrimonio había dado ese giro— que se quitó el abrigo, lo aventó al sillón y caminó hacia la cocina, instintiva, automáticamente. En realidad tampoco estaba
hambrienta, pero no quería estar cerca de Alberto. Tendría que decirle algo después de la obra de teatro: era imposible no hacerlo. Ahora sí podría: estaba segura.
Hasta pensó que la salida había sido una jugada de Alberto, que la había sacado para no tener que decirle nada él mismo, para que ella lo obligara:
—Alberto...


Abrió el refrigerador y vio que no había nada que sirviera para preparar algo rápido como un sandwich o una quesadilla. El congelador estaba repleto de carne:
las cajas, de verdura… pero ni un trocito de queso ni una rebanada de jamón… Escribió fastidiada en la lista del súper jamón y queso, y puso a calentar un
poco de agua para café. Mientras hervía, salió al patio a respirar aire fresco.
La casa la ahogaba, la ansiedad se escondía tras los rincones amenazándola indefinidamente con un desastre. “Las cosas no pueden seguir así —pensó—, no aguanto más. No puedo.”
El Toro no la siguió como siempre, iba a su lado moviendo la cola. Quería jugar y se le atravesó.
—¡Me vas a tirar! ¡No des lata, hazte para allá! —tuvo que decirle varias veces en voz baja para que Alberto no se diera cuenta de que estaba en el patio.
No quería llamar la atención ni despertar a los niños: mientras menos sobresaltos tuvieran, mientras menos escenas incomprensibles, mientras más tiempo pudiera
esconderles el fracaso, mejor. Pero el Toro insistió hasta distraerla: lo echó al suelo y le exigió todas las monerías que le habían enseñado sus hijos, una por una. De pronto no le importaron los ladridos de gusto ni que pusiera las patas llenas de lodo sobre el vestido de lana.
Lo acarició.
—¡Qué inteligente y qué noble eres, Torito! —repetía pasando la mano sobre el lomo del animal, sin poder quitarse la opresión del pecho.
Fue un cóquer gracioso desde cachorro. “Parece toro”, dijo Tere cuando lo vio salir corriendo de la perrera. Eran otros tiempos: Isabel y Alberto sonrieron y le dejaron ese nombre.
La luna estaba alta; brillaba redonda sobre la sierra. Isabel pudo ver también las estrellas y suspiró. Era una noche hermosa, una fría noche de enero en la cual el
resplandor de la luna iluminaba especialmente las rosas del patio. Le llamó la atención el tamaño, creyó que se habían puesto inmensas. Todo lo veía grande esa noche.
De repente se preguntó si se daría cuenta Alberto de lo que ella sabía. Si se daría cuenta Alberto de lo que ella ocultaba. Le estaba costando trabajo disimular. No le era fácil reprimir más los sentimientos: una mezcla de odio y rencor.
Se volvió hacia la recámara: Alberto tenía encendida la luz. Supuso que leía. Se la pasaba leyendo el Play Boy, el Vogue... El Heraldo y el Novedades... Se recostaba
llegando de su trabajo a pasar hojas encerrado en la recámara; Carlitos y Tere se podían estar matando:Alberto no intervenía.

Las últimas semanas, Alberto rehuía marcadamente a sus hijos, como si la ternura que les deparaba hubiera desaparecido para siempre. Antes tenía una marcada
preferencia por Carlitos. Llegaba de trabajar, lo alzaba en brazos y lo llevaba a la calle. Regresaban cargados de juguetes y ropa. Nada para Tere, no tan pequeña
como para no darse cuenta. A los seis años, Carlitos tenía una colección de coches miniatura que era la admiración de sus primos mayores. Y Alberto encontraba
divertido bañarlo, darle de comer e instalar el tren eléctrico sobre la mesa del comedor. Pero desde hacía tiempo Alberto parecía vivir para él mismo,
encerrado en la recámara, leyendo.
Un día, Isabel le soltó:
—¿Leer es un buen escape? Me gustaría leer algo.
La vio con sorpresa y le lanzó el Play Boy:
—A ver si entiendes...
“Me pasó esa revista para humillarme”, se repetiría cada vez que se acordaba de esa escena Isabel.
—No quiero perder el tiempo ni tengo retorcida la mente como tú; me gustaría leer, sólo por ver si eso me cambia la vida —terminó en un tono herido y salió de la recámara.
Así se hablaban.
—Lo cierto es que a Alberto también le gustaban ciertas novelas. Contaba con orgullo que había leído todo lo de Luis Spota... y ella creía que esos libros le habían cambiado la vida, pues hasta hacía un año y medio, quién lo creyera, había llevado una existencia monótona: de la casa a la oficina, de la oficina a visitar a sus clientes y luego a la casa a encerrarse a leer: tenía pocos amigos. A Alberto, agente de seguros, le iba bien, pues la mayoría de sus clientes eran compañías grandes.
Isabel nunca leyó: estudiaba comercio cuando se casaron, y nunca tuvo afición por la lectura; por ningún tipo de libros. Cuando comenzaron a salir juntos, Alberto le prestó El lobo estepario. No podía avanzar; fue a ver a un tío para que le contara la novela.
Lo cierto es que las lecturas de Alberto, de alguna manera, terminaron distanciándolos; aunque eso nunca lo hablaron. Alberto leía y leía, cualquier cosa; y nunca se volvió hacia ella para hacer un comentario ni esperaba siquiera un “luego me prestas ese libro”.
A Isabel en cambio, le gustó siempre el cine. Tenía pasión por el cine. Ver en la pantalla otras vidas le parecía emocionante. Cuando soñaba, dirigía los sueños como si fueran su película favorita. La actriz, ella misma, se enfrentaba a su marido y hacía todo lo que ella, Isabel, no lograba despierta.
Alberto le decía:
—Si te gusta el cine, no entiendo cómo no te gusta leer.
Isabel hubiera podido decirle exactamente lo mismo:
—Si te gusta leer, no entiendo cómo no te gusta el cine.
El caso es que ella tampoco esperaba que la acompañara a ver una película; mucho menos le hacía un comentario sobre lo que veía. Simplemente a Alberto no le interesaba. También el cine, de alguna manera, terminó distanciándolos. Cada uno con lo suyo. Así fue aconteciendo.
Esa noche fueron al teatro porque era aniversario de bodas de un compañero de la oficina de Alberto. Hacía años que no tomaban el coche e iban solos a ningún lado. Alguien les recomendó la obra. “Un compromiso”, argumentó Alberto.
El teatro no le gustaba a Isabel porque la hacía participar. No era como el cine a donde sólo iba a ver, a entretenerse, en donde sólo era espectadora de otras vidas. Sentía el escenario demasiado cerca, molesto, obligándola a ser parte de lo que se estaba representando. Y esa noche, como nunca, el teatro la enfrentó nuevamente a su realidad... Parecía que los actores estaban en contra de ella... tenía una extraña angustia atorada en la garganta, era incómodo pero aceptaba: ésa soy yo: ése es Alberto.
De pronto se acordó del agua; debía de estar consumiéndose. Cuando iba entrando en la cocina, el Toro la jaló del vestido:
—Estáte quieto, déjame. Voy a enfrentar la realidad —dijo irónica.
—¿Cuál es tu realidad?— preguntó Alberto que acababa de entrar en la cocina y alcanzó a oírla.

II

Estuvo a punto de decírselo en ese momento, pero el miedo la paralizó. Tuvo que quedarse con las palabras en la punta de la lengua y la mano en el aire tocando
el vacío, su propio vacío, la soledad que transpiraba. La asustó la presencia de Alberto en la cocina, lo hacía echado en la cama con su Play Boy...
Al principio le costó trabajo entender que le gustaran a su marido esas revistas. Esa curiosidad, aseguraba ella, malsana. Isabel venía de una familia conservadora.
Lo cierto es que un día se dio cuenta por qué le molestaban tanto: le daban celos; se le hacía que Alberto pensaba en esas mujeres cuando estaban juntos.
Una noche le dijo:
—¿Qué harías si me vieras allí retratada?
—Estás loca, no sabes lo que dices.
—Me gustaría que pensaras en mí...
Isabel no entendía por qué Alberto se la pasaba viendo a esas mujeres... ella siempre se había cuidado y no era una mujer fea. Su buena estatura, sus finas facciones y sus ojos cafés, expresivos y brillantes, hacían que la gente se volviera a verla cuando entraba en cualquier lugar. No comprendía la necesidad de Alberto. Para Isabel, era una necesidad; algo ahí, en la cabeza de su marido. Como si su hombría dependiera de esas imágenes.

No lo esperaba en la cocina y eso la enfrentó consigo misma antes de tiempo. Su respuesta habría sido agresiva, y no era ésa la forma en que esperaba poder hablar
si el temor no volvía a impedírselo, como siempre.
—¿Mi realidad? —preguntó Isabel haciendo tiempo para encontrar la respuesta.
—Sí, tu realidad —insistió Alberto con la mirada fija en ella.
—Un estómago vacío —dijo apagando la tetera.
Pero la vio suspicaz. No le convenció la respuesta.
—No hay jamón ni queso, tenía antojo de un sandwich —agregó sin que los nervios se le notaran.
Tenía pavor aunque no estaba segura de qué. Cuando intentaba hablar con Alberto un pánico súbito la iba invadiendo.
—Tampoco pan, anótalo —dijo él cerrando con disgusto la puerta de la alacena.
Isabel preparó el café lo más rápido que pudo y huyó a la sala. No quería de cerca la presencia de Alberto. Algo le decía que no estaba preparada para hablarle, que tal vez no lo haría nunca. No prendió la luz: bebía sentada en la orilla del sillón, sobre el abrigo, aterrorizada.
Alberto estaba friendo un huevo aunque había dicho que no tenía hambre. De pronto escuchó su voz en la oscuridad como si fuera un eco rebotando en las
paredes de la sala.
—¿Qué estás haciendo?
¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás haciendo? No contestó ni se movió un ápice cuando él prendió la luz y entró a sentarse frente a ella y puso el plato con huevo revuelto y salsa catsup sobre la mesa de vidrio haciendo a un lado los adornos de porcelana. Llevaba una tortilla caliente en la mano derecha. Estaba quemándose.
—Y ahora... ¿En qué piensas?
Pensaba en la obra de teatro. Estaba segura de que Alberto también se había sentido proyectado en ella. Por eso creyó que no había querido ir a cenar ni había podido dormir.
—¿En qué piensas? —insistió Alberto.
—En que no tenías hambre... —mintió.
—No podía dormir.
—¿Por qué no aceptaste ir a cenar? Yo sí tenía hambre.
—No soporto a la esposa de Juan. Me pone nervioso.
Se quedó callada.
—Voy a ver la tele —murmuró Alberto caminando hacia el aparato.
Había enrollado la tortilla y la llevaba en la mano izquierda.
—No la prendas. Quiero decirte algo... —se atrevió.
Isabel creyó que podría: pero no encontraba cómo empezar. Era complicado tener que abrirse...
Se acordó de que su papá decía: “Siempre hay que comenzar por el principio”, y por ahí trató de irse.

III

Se enteró de que Alberto salía con “alguien” de la manera más simple: por una tarjeta de crédito. El estado
de cuenta de la American Express acusaba una cantidad considerable en La Cava. Tuvo que llamarle la atención. “Pues qué comerían”, pensó Isabel. No porque ellos pagaran, lo hacía Seguros América: gastos de
representación. “Debe ser un cliente de los grandes”, se dijo. La curiosidad la llevó a la fecha: miércoles 19
de mayo. Y sin querer, lo descubrió en una mentira. Ese miércoles le había pedido que la acompañara al
doctor: le daría fecha para la operación de Carlitos. Lo operaban de las anginas; nada serio, pero ella se asustaba de todas maneras. Alberto le dijo que le acababan de hablar, que tenía que ir a Cuernavaca a ver
un siniestro. Esa noche, cuando llegó “de Cuernavaca, donde hacía un calor espantoso”, le preguntó qué
había dicho el otorrino.
Cuando descubrió lo de la tarjeta no dijo nada. Ahora se preguntaba por qué. Demasiado tarde. Tal vez las cosas no hubieran llegado tan lejos. No fue cobardía, intentaba convencerse. No tenía algo concreto que
reclamarle. Alberto habría inventado una disculpa perfecta. Quizá sintió que la estabilidad de su casa
estaba en sus manos... Pensó en sus hijos; no sabía qué la detuvo. Tal vez el mismo miedo de ahora. Un miedo sordo, irreflexivo, constante.
Se convirtió en cómplice de Alberto y comenzó a observarlo.
La vida entre ellos se había vuelto como el agua de lluvia que se va por el alcantarillado con ese sonido persistente, corriendo hacia el mismo lugar todos los años. Isabel había visto cómo llegaba un día en que se tapaban las cañerías y comenzaban a inundarse las calles, la ciudad. Isabel soñaba que su heroína, ella
misma, comenzaba a ahogarse.
Tenían diez años de casados. ¿Desde hacía cuánto todos los días era lo mismo: una rutina silenciosa y monótona? “¿Alguien sabe lo que es eso; todos los días lo mismo?” se preguntaba Isabel.
Esa mentira de Alberto sobre “Cuernavaca” fue lo primero que la hizo pensar en hacer algo, en desviar
el arroyo del cauce para que no se fuera al alcantarillado. Él tenía una ventaja sobre ella, y era que pasaba la mayor parte del día fuera de la casa y además llegaba a encerrarse a leer. Isabel permanecía todo el tiempo
enclaustrada, harta de enfrentar los problemas domésticos y la educación de los niños, porque Alberto cerraba la puerta de la recámara y ya se podía caer el mundo que ni por curiosidad o fastidio asomaba las narices fuera de su cueva. Pero como Isabel no sabía hacer nada, no se le ocurrió otra cosa más que
aprender inglés.
—¿Para qué? —le dijo Alberto sorprendido.
—Para eso, para aprender inglés.
—¿Quieres aprender qué?
—Inglés.
—¿Para leer el Play Boy?
No tenía una buena respuesta. No quería estudiar inglés, quería salir de la casa a algo más que al cine muy de vez en cuando.
—Para aprender inglés, ¿qué no puedo?
Así, comenzó a ir al Berlitz.
Los cinco miércoles de junio, los cuatro de julio y los otros cinco de agosto Alberto había comido con “ella” en diferentes restoranes. Les gustaba el miércoles. Isabel lo observaba; comenzaron sus juntas por la
noche, sus cambios de humor, de planes a última hora, su aliento alcohólico, sus visitas a clientes fuera de la
ciudad. Y la mayoría de las veces se le hacía “tarde”. Al principio, mientras Isabel pensaba en “la otra” como un ser anónimo, no sufría tanto. Estaba segura de que se le iba a pasar a Alberto.
Él había rejuvenecido, parecía que bordeaba los treinta: andaba contento, de buen humor, más cariñoso con
Carlitos, paciente con Tere (“Papá, píntame un dinosaurio para la escuela.” Y se lo pintaba. “Papá, llévame al Palacio de Hierro a comprar un vestido para la fiesta de José”. Y la llevaba). Con Isabel era en extremo delicado. La trataba con pinzas, le daba por su lado. “Isa”. Actuaba como si viviera contento. En apariencia estaban más cerca. Su casa era un modelo de bienestar, excepto en sus relaciones íntimas porque para Isabel ya no era lo mismo.

Una tarde, sin proponérselo, supo aquel nombre, y le llegaron unos celos extraños.
—Anamaría se sacó este mes el premio. Vendió más que Juan Sánchez que llevaba el récord.
—¿Anamaría?
—Entró a América en Mayo; está en la división de Juan. ¿No te había dicho? —terminó nervioso.
No le había dicho.
Divorciada. Venía de Monterrey con un hijo menor que los de Isabel: de cinco años. Rentaba un departamento en Insurgentes Sur, y no trabajaba por necesidad. Y aunque Isabel no lo sospechaba, no era atractiva; más bien gorda y mayor que ella. No se parecía en nada a las rubias del Play Boy.
—¿Quieres decirme algo? —dijo dándole una mordida a la tortilla—. ¿Y ahora qué demonios hizo Carlos
en la escuela?
—No se trata de Carlos.
—“A empezar por lo primero”, pensaba Isabel. “A empezar por lo primero”, se repetía.
Y comenzó:
—La obra de teatro...
Como quieras, se llamaba. Era sobre dos matrimonios que vivían en el mismo edificio. Con mucho sentido
del humor, pero finalmente cruda. La pareja de arriba se peleaba todo el día. En el departamento de abajo se oían los gritos, los insultos, los platos rotos. La otra pareja no discutía siquiera; nunca, todo era eso de “como quieras”. Al principio, parecía que la pareja que se llevaba mal iba a terminar en un drama, y que la otra era un éxito. En la medida en que la obra avanzaba, Isabel fue descubriendo que la verdadera pareja era la que se peleaba. El otro matrimonio tenía tiempo de no funcionar. Al final había una conversación entre las dos mujeres en el departamento de abajo. Era tarde y ninguno de los esposos había regresado. La mujer de arriba se quejaba de la rudeza de su marido pero revelaba una relación verdadera. La otra confesaba que desde hacía mucho su marido tenía una amante y contaba detalles que la humillaban. La de arriba no podía
creerlo; en sus pleitos siempre deseaba un matrimonio como “el de abajo”. Cuando aquella mujer terminaba de relatar su historia, se oía la llave en la cerradura de la puerta: el marido cayéndose de borracho. La mujer del departamento de abajo se levantaba y decía: “Qué bueno que ya llegaste, te estaba esperando para cenar”.
Isabel no dejó de sentirse un momento en el escenario.
—La obra de teatro qué —subrayó el qué retándola.
—Me hizo pensar en nosotros.
Él comía el huevo revuelto quitado de la pena, tranquilo.
El Toro comenzó a rascar la puerta de la cocina y Alberto se levantó a abrirle.
—No te vayas.
—¿No oyes al Toro?
—Déjalo.
—¿Cómo que déjalo? ¿Qué te pasa, Isabel?
—Lo sé todo, Alberto —al fin pudo decirle.
—¿Qué sabes?
—Lo de Anamaría.
—¿Lo de quién?
—Ana-María, Alberto.
—¿Qué tiene Anamaría, Isabel?
—¡Cómo que qué tiene! Sé que andas con ella.
—Estás loca. Isa.
—No me digas “Isa”.
—¿Cómo quieres que te diga?
—Isabel, como me llamo.
—Por Dios, Isabel, ¿qué te pasa?
—Yo creí que te ibas a poner feliz: ¡Por fin lo sabe Isabel!
—No sé de qué hablas. Alberto fue a abrirle al Toro que estaba llorando y rasca y rasca la puerta de la cocina. Isabel miró la sala recién retapizada con ese terciopelo café; parecía que iba a durar otros diez años. La lámpara de cristal limpiecita, el armario de la familia de Alberto recién barnizado como para decorar la sala para siempre. El Toro entró corriendo hasta donde ella estaba, saltó al sillón y se echó sobre la falda de su vestido.
Isabel no se libraba de la opresión en el pecho. Observó a Alberto venir de la cocina: nadie diría que estaba a la mitad de sus cuarentas. El pelo negro le brillaba de salud, prácticamente sin ninguna cana, era increíble. Había engordado un poquito desde que andaba con Anamaría y la mirada de sus ojos negros se había vuelto traviesa. Alberto era un hombre atractivo y él lo sabía, por eso se sacaba partido, vestía sólo ropa elegante, así fuera informal. Y usaba lociones carísimas. Alberto era varonil.
¿Qué hace que las cosas cambien en un matrimonio? ¿El tiempo? Muchas cositas pequeñas que se habían ido sumando. Isabel dormía junto a un hombre a quien no deseaba más, junto a un hombre que no la deseaba tampoco. ¿Qué la detenía a su lado? ¿Qué lo detenía a él? ¿Por qué negaba su relación con Anamaría?
En la medida en que Alberto se acercaba, Isabel sintió algo extraño corriéndole por el cuerpo. Un coraje irreflexivo y profundo. Pero ella tenía la impresión de que todo el mundo lo Conoció a Anamaría en la fiesta de fin de año de la compañía de seguros. Los dos disimularon muy bien, sabía y se sentía humillada; pero sobre todo, azorada
de Anamaría. Tenía treinta y ocho años y se veía ligeramente mayor. Usaba el pelo castaño: delgado y maltratado por la pintura. Sus ojos claros eran opacos e Isabel no supo si eran verdes o color miel. La caracterizaba esa manera de la gente rica del Norte: muy abierta; y dejaba escapar una risota por todo. Era vulgar. Eso la lastimó: Alberto se había enamorado de una mujer mayor que ella y corriente. Que una mujer
gorda, más fea que Isabel y vulgar trajera botando a su marido era algo que le dolía de verdad, que no podía entender.
—Te voy a decir de qué hablo —explotó—: Anamaría Gutiérrez y tú...
—Isabel, fíjate muy bien en lo que estás afirmando; no lo tolero.
—¿Por qué lo niegas, Alberto?
—¿De dónde sacas eso?
—¿No puedes aceptarlo?
—No sé de qué hablas, Isabel. Te afectó la obra de teatro.
—Claro que me afectó.
Nunca pensó que Alberto fuera a negarlo. ¿Qué lo detenía? ¿La cena caliente a la hora que llegara, como en la obra de teatro? ¿Unos hijos que ya no disfrutaba?
—No estás enamorado de Anamaría ni te importa, ¿verdad?
—Nunca había oído tanta tontería junta en una noche.
—Escúchame, Alberto. No he terminado —afirmó tratando de “seguir por lo último”, como habría dicho su papá.

IV

Isabel había conocido a Alberto en San Luis Potosí. Él había ido a pasar unas vacaciones con unos amigos a La Ventilla, y una tarde se aventuraron a la ciudad. Estaba con sus compañeras de la clase de corte comprando unos helados en la plaza cuando se les acercaron a hacer plática. Ella tenía 20 y andaba de novia con un joven de San Luis que estudiaba administración en la Ciudad de México. Sus amigas se quedaron hablando con ellos e Isabel se fue para su casa. Alberto averiguó su dirección y esa noche fue a buscarla. El papá de Isabel salió: “Qué se le ofrece en casa de una muchachita decente”. La buscó una semana sin que pudiera verla hasta que lo encontraron en El Paseo el sábado por la noche; Isabel iba con sus papás y él pidió permiso para acompañarlos. Venció al padre de Isabel, pues no se había amedrentado después de tanta negativa. “Así me enamoré de tu mamá, Isabel. Tu abuelo me hizo la vida imposible hasta que un día pedí verlo. Le di mi pistola y le dije: ‘Si usted quiere me mata después de lo que va a oír, pero si no me permite andar por la buena con su hija me la voy a tener que robar’. Era un buen viejo, dio su brazo a torcer.” Así comenzó Alberto a ir los fmes de semana y las vacaciones y cada vez que podía. Ella terminó con su novio que los últimos meses no le había escrito ni una línea y que sólo de vez en cuando le hablaba por teléfono. A los dos años se casó con Alberto y se fue a vivir a la capital.

Cuando Isabel entró al Berlitz de Villa Coapa, con el primero que se topó fue con su ex novio de San Luis. Vivía por Canal de Miramontes y tenía un puesto en la Secretaría de Comercio. Estaba tomando un curso intensivo: lo mandaban del trabajo a Japón como parte de un programa de intercambio entre los dos países.
Francisco —así se llamaba— había enviudado; su mujer murió al dar a luz a su hija. Francisco había tenido varias relaciones pero ninguna terminó en un segundo matrimonio. A su hija la crió su mamá, que vivía con él, todo eso se lo dijo en un momentito, fue él quien la descubrió en la recepción:
—Isabel, ¿qué haces aquí?
—¡Francisco!
—¡Qué bonita estás! —la desconcertó.
¿Desde cuándo Alberto no le decía nada por el estilo? Ver a Francisco allí, de pronto, cuando no lo esperaba, fue revivir de un golpe San Luis. Su San Luis: las calles que había caminado años, los arcos de la plaza, los edificios que se había grabado sin darse cuenta; el aire, los árboles de los paseos, hasta el terregal ése tan latoso. De un golpe su niñez, su adolescencia y su juventud estaban allí, acelerándole el corazón, como cuando leía las primeras cartas de Francisco.
Hubiera esperado cualquier cosa del Berlitz, menos encontrarse a Francisco. ¿No era ridículo: los dos tomando clases de inglés? Hablaron un poquito y quedaron de verse al día siguiente en la entrada. Irían a Sanborn’s a tomar un café. Allí, Francisco le contó con más detalle su vida y su viaje a Japón. Isabel le habló de Alberto y de sus hijos, de su vida en la Ciudad de México.
Cuando ella comenzaba su curso, él lo terminaba. Se vieron dos o tres veces. Antes de su viaje, la invitó a comer e Isabel se las arregló para ir.
—¿Eres feliz, Isabel? —le preguntó con una mirada tan inquietante que la obligó a ser sincera.
De pronto, revivía esa emoción que al lado de Alberto había perdido en el camino. Esa noche Isabel soñó que se iba con Francisco al Japón, pero a la mañana siguiente recordó que él no le había pedido ni siquiera su teléfono para buscarla a su regreso. Francisco no era como el héroe de su sueño. No iba a salvarla, a
librarla de su realidad. Isabel se dio cuenta de que sólo la detenía junto a Alberto la costumbre, la ansiedad que estaba allí, presente, entorpeciéndolo todo. Una inseguridad desconocida que la invalidaba.

—¿Qué no has terminado? A ver, cuéntame. ¿Y qué más te inspiró la obra de teatro, Isa? —preguntó Alberto poniéndose de pie y abriendo los brazos teatralmente.
—No hables así. La obra de teatro apresuró lo que de cualquier forma iba a presentarse.
—¡Bravo, Isabel, estás espléndida esta noche! —volvió a gritar.
Carlitos entró llorando en la sala. Isabel se levantó, lo alzó en brazos y se volvió hacia Alberto suplicándole
silencio.
—Vamos a dormir. Carlitos.
El Toro la siguió, Isabel se estuvo con el niño un instante. Lo observaba con ternura respirar. Se había vuelto a dormir en un segundo, con la seguridad del que se duerme de la mano de la mamá. “No te vayas,
mami, no me gusta que grite mi papá.” Era idéntico a Alberto. Los mismos ojos negros traviesos. Cuando salió de la recámara, cerró la puerta y la del cuarto de Tere que dormía profundamente. A Tere de por sí le daba sueño cualquier situación que no podía manejar. Hasta en Blanca Nieves se había dormido en el momento en que aparecía la bruja. Tere tenía ocho años pero se veía de seis. Sus dos hijos parecían de la misma edad. Siempre le preguntaban si eran gemelos, pues, además, se parecían mucho.
Isabel regresó a la sala. Alberto había puesto un disco de José José y estaba hojeando el Vogue. La gloria
eres tú, de José Antonio Méndez en la voz de José José salía de las bocinas. “¡Qué manera de empeñarse en
ocultar la verdad!”, pensó Isabel y se dio cuenta de que él también era víctima del miedo. Caminó hacia Alberto. Él se quedó impávido.
—Quiero el divorcio... —dijo Isabel en seco.
—Estás exagerando demasiado, Isa —contestó Alberto sin levantar la vista del Vogue.
—Quiero el divorcio —repitió.
—¿Qué te pasa, Isabel? No te basta con imaginar tonterías, sino que todavía crees en ellas.
—No puedes negarlo: lo sé todo.
Alberto no se movió.
—¿Te cuesta trabajo aceptar que todo aquí es falso? ¿Que representamos nuestra propia obra de teatro?
—¡Me lleva la chingada con la obra de teatro! —gritóAlberto fuera de sí, azotando la revista contra la alfombra.
Isabel sintió un ácido quemándole el estómago. Alberto se levantó y se volvió hacia ella:
—Tengo un desayuno temprano y no voy a venir a comer, a ver si mientras se te quita la paranoia.
El día siguiente era miércoles. Isabel no tuvo valor de echárselo en cara a su marido. Ni siquiera pudo decir más; decir algo que le quitara el peso de esa humillación que ella misma había ido cultivando, que cargaba desde hacía meses y que la volvía líquida y la arrastraba hacia la oscuridad.


Molina, Silvia.

4 comentarios:

Sophia O` Mare dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Sophia O` Mare dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Sophia O` Mare dijo...

Hola

¡Que bièn que el Cabaretito literario cumple su primer año!.. mmh que coincidencia, tambien estarà por cumplir el primer año el mio, la verdad tus aportes contribuyen a la cultura,ademas que me sorprende algo que venga de alguien joven, aun en los tiempos del oscurantismo intelectual reflejado en la banalidad, la superficialidad y frivolidad, los tres signos de lo que llamo la estupidez endèmica, que es en demasía prevalente en nuestra sociedad, en fin tu blog es un excelente tributo a los literatos, al buen cine y a la buena música contrastados con una excéntrica personalidad... muy raro por estos días sigue asi.

saludos cordiales

Sophia O`Mare

Dira.. ( !! ) dijo...

un año ... que tal una velita imaginaria? ... el pastel lo siento pero como es imaginario ya me lo comi..

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