9/23/2009

Maravillas de la voluntad, Octavio Paz

A las tres en punto don Pedro llegaba a nuestra mesa, saludaba a cada uno de los concurrentes, pronunciaba para sí unas frases indescifrables y silenciosamente tomaba asiento. Pedía una taza de café, encedía un cigarrillo, escuchaba la plática, bebía a sorbos su tacita, pagaba a la mesera, tomaba su sombrero, recogia su portafolio, nos daba las buenas tardes y se marchaba. Y así todos los días.

¿Qué decía don Pedron al sentarse y al levantarse, con cara seria y ojos duros? Decía:
-Ojalá que te mueras.

Don Pedro repetía muchas veces al día esta frase. Al levantarse, al terminar su tocado matinal, al entrar o salir de casa - a las ocho, a la una, a las dos y media, a las siete y cuarto-, en el café, en la oficina, antes y después de cada comida, al acostarse cada noche. La repetía entre dientes o en voz alta; a solas o en compañía. A veces sólo con los ojos. Siempre con toda el alma.

Nadie sabe contra quién dirigía esas palabras. Todos ignoraban el origen de aquel odio. Cuando se quería ahondar en el asunto, don Pedro movía la cabeza con desdén y callaba, modesto. Quizá era un odio sin causa, un odio puro. Pero aquel sentimiento lo alimentaba, daba seriedad a su vida, majestad a sus años. Vestido de negro, parecía llevar un luto de antemano por su condenado.
Una tarde don Pedro llegó mas grave que de costumbre. Se sentó con lentitud y en el centro mismo del silencio que se hizo ante su presencia, dejó caer con simplicidad estas palabras:
-Ya lo maté.

¿A quién y cómo? Algunos sonrieron, queriendo tomar la cosa a broma. La mirada de don Pedro los detuvo. Todos nos sentimos incómodos. Era cierto, allí se sentía el hueco de la muerte. Lentamente se dispersó el grupo. Don Pedro se quedó solo, más serio que nunca, un poco lacio, como un astro quemado ya, pero tranquilo, sin remordimientos.

No volvió al día siguiente. Nunca volvió. ¿Murió? Acaso le faltó ese odio vivificador. Tal vez vive aún y ahora odia a otro. Reviso mis acciones. Y te aconsejo que hagas lo mismo con las tuyas, no vaya a ser que hayas incurrido en la cólera paciente, obstinada, de esos pequeños ojos miopes. ¿Has pensado alguna vez cuántos -acaso muy cercanos a ti- te miran con los mismos ojos de don Pedro?

Paz, Octavio.

5 comentarios:

Emuffin ♪ dijo...

Oo p-e-r-t-u-r-b-a-d-o-r...
pero excelso *.*

jeje
que buen texto ^^

aah no se!! hasta me hizo pensar oO
muy buena seleccion: amén

Saludos ^^

Dark Helix dijo...

Nunca antes había tenido la oportunidad de leer a Octavio Paz, y me ha gustado mucho. Creo que es momento de leer más a este autor. Gran blog señorita, nos estamos leyendo y comentando.

Viejo Barco Azul dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Anónimo dijo...

cual es el genero de este cuento?? n_n

Fernando dijo...

MARAVILHAS DA VONTADE
Octavio Paz

Às três horas em ponto seu Pedro chegava à nossa mesa, cumprimentava cada um dos presentes, dizia para si umas frases incompreensíveis e calado se sentava.
Pedia uma xícara de café, acendia um cigarro, ouvia a conversa, bebia aos goles seu cafezinho, pagava a garçonete, pegava seu chapéu, guardava sua carteira, desejava-nos boa tarde e se ia. E assim todos os dias.
- Que dizia Pedro ao sentar-se e ao levantar-se, com cara séria e olhos impenetráveis? Dizia:
- Tomara que morras.
Seu Pedro repetia essa frase muitas vezes durante o dia. Ao levantar-se, quando terminava de se pentear, ao entrar ou sair de casa – às oito, a uma hora, às duas e meia, às sete e quinze -, no café, no escritório, antes e depois de cada refeição, ao deitar-se à noite. Repetia resmungando ou em voz alta; só ou acompanhado. Às vezes apenas com os olhos. Sempre com a alma toda.
Ninguém sabia contra quem dirigia aquelas palavras. Todos ignoravam a origem daquele ódio. Quando alguém queria se aprofundar no assunto, seu Pedro meneava a cabeça com desdém e calava, modesto. Talvez um ódio sem causa, um ódio puro. Mas aquele sentimento o alimentava, dava seriedade à sua vida, majestade aos seus anos. Vestido de negro, parecia antecipar luto por seu condenado.
Certa tarde seu Pedro chegou mais sério que de costume. Sentou-se vagarosamente e no âmago do silêncio que se fez diante de sua presença, deixou cair com simplicidade estas palavras:
- Já o matei.
- Quem e como? Alguns sorriram querendo levar a coisa na brincadeira. Todos nos sentimos embaraçados. Era certo, ali se sentia o vazio da morte. Vagarosamente o grupo se dispersou. Seu Pedro ficou sozinho, mais sério que nunca, um pouco melancólico, como uma estrela já sem luz, mas tranquilo, sem desassossego.
Não voltou no dia seguinte. Nunca mais voltou. Morreu? Acaso lhe faltou o ódio vivificador? Talvez ainda viva e agora odeie outro. Revejo minhas ações. E te aconselho a fazeres o mesmo com as tuas, a não ser que tenhas incorrido na cólera paciente, obstinada, desses pequenos olhos míopes. Alguma vez pensaste quantas pessoas, porventura muito perto de ti, já te olharam com os mesmos olhos de seu Pedro?

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