Relativamente hace poco me tope con esta banda de Dark Cabaret de San Diego.
De momento solo tengo una canción. La cual al menos a mi me gustó mucho (avalado por 54 scrobbling -y contando- en Last FM)
La dejo a descarga.
EXCUSE ME, MISTER
MY SPACE
Tambien pongo un video de la misma canción. La voz no se escucha muy bien en él, pero esta chido xD
Las lecturas (que en todas se especifica de que autor son), aveces las transcribo yo, en otras ocaciones las tomo de alguna biblioteca digital.
Y la finalidad es dar a conocer y compartir estos textos que en conjunto, y aunados al resto del contenido del blog, tienen como resultado una mezcla eclectica y llena de matices.
Así que... Bienvenidos!
Lo que hay en el Blog...
Excuse Me, Mister - TRAGIC TANTRUM CABARET
My Brightest Diamond - A Thousand Shark's Teeth
Bien... por ahi pidieron que subiera este.
A Thousand Shark's Teeth, album del 2008. Podría decirse que es el segundo, pero me entenre que entre este y el anterior hay un disco remix o algo asi.
1. Inside a Boy
2. The ice & teh storm
3. If I Were Queen
4. Apples
5. From The Top Of The World
6. Black and Costaud
7. To Pluto's Moon
8. Bass Player
9. Goodbye Forever
10. Like a sieve
11. The Brightest Diamond
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Una confusión cotidiana (Franz Kafka)
Un hecho cotidiano, del que resulta una confusión cotidiana. A tiene que cerrar un negocio con B en H. Se traslada a H para una entrevista preliminar. Tarda diez minutos en llegar y el mismo tiempo en volver, alardeando ante su familia por tal rapidez.
Al día siguiente vuelve a H para cerrar el trato.Como piensa que las discusiones le llevarán varias horas, A parte muy temprano por la mañana. Aunque las circunstancias son similares a las del día anterior -por lo menos en opinión de A- esta vez le toma diez horas para llegar a H. Cuando llega esa noche, completamente exhausto, se le informa que B, preocupado por su tardanza, había partido al pueblo de A hacía media hora y que, seguramente, debían de haberse cruzado en el camino.
Le recomiendan que espere, pero A, en su ansiedad por el negocio, parte con dirección a su casa. Esta vez cubre la misma distancia en unos momentos, casi sin darse cuenta. Al llegar a su casa le dicen que B llegó temprano, inmediatamente después de su partida; es más, que se encontró con A a la salida y le recordó el negocio, contestandole A que no tenía tiempo para perder y debía partir de inmediato.
A pesar de este proceder increible de A, B sin embargo entró a la casa y lo esperó. Preguntó varias veces si había regresado, pero continuaba esperándolo en la habitación de A.
Con gran júbilo, por la oportunidad de hablar con B y explicarle lo sucedido, A sube escaleras arriba con gran prisa. Ya a punto de llegar tropieza, se dobla un tendón y casi a punto de desmayarse, incapaz de gritar -con sólo un quejido en la ocuridad-, oye a B, tal vez distante, tal vez cerca de él, que bajaba con furia las escaleras y se pierde para siempre.
Comme à la radio - Brigitte Fontaine ft. Art Ensemble Of Chicago
Aunque nació en Bretaña, Brigitte Fontaine es una de las mejores exponentes de la canción parisina llamada “rive-gauche”. Desde los años 50, con las movidas jazz de Saint Germain des Prés, el movimiento existencialista de Sartre, las grabaciones burlescas de Boris Vian, las musicalización de los grandes poetas cantados por Juliette Gréco, la canción de la rive-gauche generó siempre artistas y movimientos muy particulares. Y Brigitte Fontaine es una de ellos. Empezó su carrera en los años 60, con espectáculos montados junto a Jacques Higelin. Los acontecimientos de mayo 68 le dieron sus primeros encuentros con una relativa fama. Su repertorio es a la vez comprometido, politizado y poético, intelectual e inclasificable. En los años 70 graba con el Art Ensemble of Chicago y se convierte en una egeria del free jazz.El disco de hoy, ese ese que grabó en los 70's conArt Ensemble Of Chicago.
El gran público empieza a descubrir así a esta artista de dicción extraña, con su manera de cantar a la vez violenta y emotiva, y sus temas fuera de lo común. Se aprecian su integridad y su fidelidad a sí misma.
Interesante avant-garde con predominante jazz.
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¿?
¡Hola!
Bien, esta será una entrada sin algo interesante....
Como tal vez alguien en este enorme mundito notó (aunque lo más seguro es que no), cambié la plantilla del blog. De hecho, la cambie miles de veces (sobre todo de ayer a hoy).
Y la verdad... es que no me acomodé a ninguna; hubo unas cuantas que me gustaron, salvo por un par de detallitos que gracias a mis NO-bastos conocimientos de html, no pude cambiar.
Así que a resumidas cuentas... he aqui de nuevo a este blog como siempre estuvo desde el principio (zzzz), al menos a mi me gusta como se ve XD
Un señor muy viejo con unas alas enormes (Gabriel Garcia Marquez)
Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.
Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
— Es un ángel –les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.
Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.
El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.
Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.
El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.
Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.
Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.
My Brightest Diamond - Bring me the Horsework

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Fragmento: Un Mexicano Más
24 de octubre. Día de las Naciones Unidas...
Desfilamos...
Después, en el zócalo, se dijeron discursos de paz:
"El desarme es urgente",
"Ya no más guerras",
"Todos somos hermanos: los negros y los blancos, los chinos y los rusos. Todos..."
"México es abanderado de la paz";
"Es un pueblo pacifista";
"Su única arma es el Derecho";
"Como pregonero de la amistad entre los pueblos pide a las naciones que los conflictos se resuelvan sin acudir a la guerra";
"Esta es monstruosa, inhumana";
"La amistad debe ser el lazo que una al mundo":
"La felicidad del género humano y la seguridad para las nuevas generaciones deben tener como base el desarme total";
"México lo pregona"...
Para terminar cantamos, emocionados, el Himno Nacional:
La amiga de mamá (Antonio Hernández Estrella)
La recuerdo bien: Mirna era ese tipo de colegiala que no podría describir a ciencia cierta, pues no se trataba de la adolescente que entraba a la pubertad y que llevara consigo la ternura e ingenuidad de la niña que no entiende nada; tampoco era la chica consciente de su cuerpo, de saberse mujer y lo mismo seducir a su compañero de clase que al maestro o inclusive al intruso prefecto. Así no era ella. Mirna, más bien, era una muchacha de escasos trece años con un andar grácil y cadencioso; con el morral desbordante de libros y desorden, con una piel canela de músculos firmes y torneados; con labios rojos, carnosos, delineados. Su espalda angosta de vértebras prominentes dignas de su cintura milimétrica y una cadera de ensueño que cargaba una snalgas redondas, firmes, perfectas. Lo adivinas lector, desde aquellos años se presentaba en mí un tropel de sangre, sudor y deseos de ella.
Ahora que soy Don Javier Vallejo Ordoñez, economista, prominente empresario, influyente político, catedrático universitario, pienso que había nada más hermoso que soñar con ella. A veces besándola en las escaleras de la escuela, otras veces cerca de su casa, y qué decir en mi propia recámara, bajo mis sábanas.
Te imaginas esas noches lluviosas en que escuchas las gotas estrellarse contra tu ventana y tú estás debajo de las cobijas saboreando los besoso salados de tu almohada, creyendo que ésta era el cuerpo de ella, y te agarras y te aferras a esa figura imaginaria como a la vida misma. Afuera, el frío y la humedad. Adentro, el calor y la humedad.
Desgraciadamente, esos sueños eran irrumpidos abruptamente cuando mi madre me despertaba con el alba. Cuando volvía a la realidad, yo sabía que Mirna tarde o temprano se entregaría a mí. El futuro sería muy fácil: nos amaríamos en secreto en mi cuerto, con el pretexto de las tareas, la llevaría a su casa al anochecer y así pasarían los años. Más perfecto aún: ella abandonaría sus estudios una vez terminada la secundaria y esperaría a que yo obtuviera un título universitario para casarnos. Todo era exacto. Ahora sólo restaba enamorarla, aunque para ello tuviera que leer el Manual del seductor. De acuerdo con este texto, el primer paso era mostrar indiferencia; después tendría que hacerle ver que yo era el mejor estudiante, el más guapo y perfecto deportista, lo cual así era; y por último fumaría ante ella para demostrarle mi madurez. Seguí esos tres pasos durante los tres años de secundaria. lamentablemente sucedió lo contrario: mi indiferencia era tal que ella podía advertir que yo la observaba en todo momento para ver si en una de esas volteaba a mirame; el espejo también me traicionaría pues los barros juveniles en la cara eran lo más cercano a los personajes monstruosos de las series televisivas; el cigarro, lejos de hacerme ver maduro, me valió dos suspensiones temporales por faltas al reglamento escolar.
En pocas palabras, había empezado al revés La desgracia principal consistió en que se fueron imperceptiblemente mis tres años de oportunidad.
Perdí su rastro y al año siguiente ingresé al bachillerato. Sin embargo, y casi al término de la prepa, llegó el milagro en voz de mi madre.
-Conocí a una ex compañera tuya en mi curso.
-¿Quién es ella?- pregunté suponiendo que se trataría de cualquier insignificante alumna.
-Mirna -me contestó con una risa cómplice y los ojos brillosos de aquella que lo puede suponer todo.
Así llegó mi ansiada oportunidad. Ahora sólo restaría pedirle a mi madre que la llevara a casa a tomar un café, a ver una película e la televisión, o lo que fuera, siempre y cuando me la pusiera al alcance. Y así fue. A la semana Mirna entró a la casa. Al observarla llegar desde la ventana de mi cuarto, lo primero que vino a mí no fue un suspiro ni tampoco una ilusión; más bien sentí que mi sangre corría más rápido por mi cuerpo, como si un enorme ejercito de hormigas ascendiera por cada una de mis venas. La respuesta no se dejó esperar y llegué a la erección más firme y permanente de que tenga memoria.
La vi entrar por el zaguán. Llevaba una falda corta que dejaba ver sus piernas canela. La blusa blanca contrastaba con el color cobrizo de su piel y con el rojo fuego de sus labios que habían sido finamente retocados.
Bajé corriendo a recibirla y no advertí que mi pantalón se estaba mojando a causa de la pasión que ya se desbordaba por mi atributo.
Pregunté a mi madre dónde se habían conocido -lo cual por supuesto ya sabía- para iniciar la conversación. Después de obtener la respuesta necesaria, mi madre se fue a preparar palomitas para nuestra función de cine en la tele. Vimos una película aterrorizadora cuyo tema era la castración carnal y psicológica.
Mamá se empezó a dormir en una forma inesperada. Yo le susurré al oído una pregunta obvia: ¿estás dormida? Al darnos cuenta de que ya no contestaba (¡que raro!), Mirna se empezó a poner nerviosa y sudorosa de miedo. Lo advertí y creí que eso era algo natural al sentarse junto a un muchacho tan apuesto y sensual como lo era en aquellos años.
Convencí a Mirna de que estaríamos más a gusto si subíamos a mi recámara y escuchábamos algunos discos de Raphael y Julio Iglesias, entre otros baladistas igualmente ridículos; y funcionó: en unos minutos estábamos tomados de la mano mirándonos intensamente, como si atrás de las pupilas se descubrieran paisajes insólitos, como si el cielo y el mar estuvieran en planos invertidos y la poesía no fuera otra cosa que nuestro silencio.
Besé su boca e intercambiamos saliva a través de dos lenguas que parecían un par de peces guerreros que entrelazan su asperesa y humedad sin descanso. Metí mi nariz en sus fosas nasales y rocé con mis dedos índices sus pezones firmes, al tiempo en que ella acariciaba lo que tú ya sabes. Empezaron a desplomarse nuestras prendas y prendidos nuestros cuerpos empezaron a frotarse ininterrumpidamente y aceleradamente hasta que no hubo más remedio. Allí recibí el primer golpe a mi machismo: para Mirna ésta no era su primera vez. Y quizá por ello en los sucesivos encuentros que tuvimos, advertí si maestría en el arte bello de amar.
Meses después un día dejó de acudir a nuestra casa. Tras semanas enteras de buscarla, la encontré y recibí el castigo más grande a mi virilidad en sus palabras:
-Oye Javier, ya no soporto más. Tengo que decírtelo.
Asustado, le pregunté cuál era el motivo de su rostro angustiado. Y entonces lo dijo:
-Yo tengo esposo y me escapo por las tardes porque tu mamá me paga, ay cómo te explicaría, mmm... pues para hacerte hombrecito.
Continuó, pero ya con desesperación y con lágrimas en los ojos.
-Lo peor es que me gustas y te estoy empezando a amar, pero no podía vivir con un niñote, tonto y maniatado como tú. Ve mi desgracia: a los dieciséis le estoy ayudando con los gastos a mi esposo que trabaja como herrero y que abandonó sus estudios porque lo obligó mi papá, cuando le dije lo que habia pasado. Tú me enntiendes...
Nunca más la volví a ver. Y hoy que estoy a punto de cumplir los 40 años, me pregunto por qué, después de mis matrimonios fracasados y en vísperas de contraer nuevas nupcias con Mariana, todavía tengo que saber si por fin esta vez mamá estará de acuerdo.




